domingo. 19.05.2024
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Opinión

Mascarilla made in Almeida

Lo peor de este mundo es nacer ciudadano, sin más oficio ni beneficio que ser útil solamente cuando la cola se le ve al diablo para que votes en favor de unos pocos y estos se lleven el conejo al prado.

Mascarilla made in Almeida

Así estamos, en una política donde, cuando uno falla, fallamos todos, y cuando se le pone medallas es solo al político que está en el poder con descaro.

Y en este punto está el alcalde madrileño, el señor Almeida, con un timo que ni el de la estampita de los años sesenta, pero que sigue en vigor gracias a estos pobres que su único delito es estar en el poder porque nosotros les hemos colocado.

Y es que volvemos a la pandemia, tema recurrente para los restos, ante un panorama desolador en donde a río revuelto ganancias de pescadores encubierto. Cuando no se han hecho las cosas bien y cuando a uno le timan es cuando hay que coger al toro por los cuernos, entonar un mea culpa y asumir responsabilidades. Esa sería la lógica mundial, pero en este caso han querido tirar del pronombre personal, nosotros, para cargarnos un muerto que ni es nuestro, ni hemos velado y mucho menos vamos a enterrarlo.

Esta alma cándida ha decidido que recaiga sobre la ciudadanía las consecuencias de su mala acción alegando la siguiente frase: “nos han engañado a los ciudadanos”.

A ver, a ver, que me he perdido. ¿Me está diciendo, señor alcalde, que yo, ciudadana que no conoce sus subterfugios contratistas en un ayuntamiento en donde ni he votado, soy la responsable de dejarme timar porque usted no has hecho bien su trabajo encargando millones de mascarillas sin comprobar bien su procedencia ni tara?

Me parto y me mondo, y lo que es peor, me rasgo las vestiduras cual plañidera en el entierro que nos has encomendado y contratado.

De eso nada, monada, aquí los que lo habéis hecho pésimamente habéis sido vosotros. Nosotros, pobres ciudadanos que no tenemos licencia ni para respirar si no es con vuestro permiso, bombona de oxígeno en mano, somos los que aportamos el dinero con los impuestos, se lo ponemos en la mano y no pedimos ni explicaciones de en qué lo gasta.

La responsabilidad es tuya (ya me he cansado de tratarle de usted, que ni se lo merece) mequetrefe, que no has sabido ejecutar bien una simple acción de compra venta y te has dejado llevar por un Duque de Feria que ya dejó su aroma el padre en los años ochenta con un delito de menores y que parece que ha heredado su hijo, no este, claro está, sino el de engañar a un ayuntamiento para lucrarse con el mal ajeno.

Que lo has hecho mal, pide disculpas. Que no quieres asumir responsabilidades de tu mala gestión, dimite, pero no me pongas más trigo en el lomo del asno que este no avanza, ni con zanahoria en mano.

Hay que ser muy jeta, repito, muy jeta, para hacernos partícipes de tu mala gestión. Me bajo del mundo ahora mismo porque no hay carrusel que pueda mover lo que estáis haciendo con vuestra mala cabeza.

Y nadie dice nada, ningún ciudadano, porque para eso ya te han quitado las mascarillas en interiores y exteriores, para que les des las gracias de su buena labor y no te preguntes si el salchichón ha subido de precio para la siguiente estación.

Así nos va, como a los tontos en cuaresma, comiendo pan en vez de letras y dejando que ese, Nosotros, sea válido para acarrear con una responsabilidad que no era tuya ni aun comprándola en el baratillo de Alcobendas.

Anda y tira para adelante, que no sé si darte en la cabeza para que espabiles o dejarte plantar para ver si creces.

Si yo soy parte implicada en el timo del señor Medina exijo que me dejen estar en las reuniones de todo lo que hagan ustedes, de ahora en adelante, en un ayuntamiento que ni saben dirigir, ni saben administrar ni tienen capacidad, como así han demostrado.

Pagamos asesores, gente especializada y parafernalias varias para que nos apliquen el dos por uno, pero cuando llegamos a casa nos damos cuenta de que solo nos han metido uno, caducado, con moho y sin ser una ganga.

Me despido, alcalde, con Dios, que cuando uno es caradura debe tener el rostro muy duro para recibir bofetadas de toda la nación.