lunes. 06.02.2023
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Opinión

El entierro

Si quieren ser beatificados y convertirse en lo mejor que ha dado la sociedad para los restos solo tienen que acudir a un sitio en concreto, a un entierro.

Tranquilos, ya les doy yo pase VIP porque de esta fiesta no se libra nadie y me van sobrando entradas.

Es la mejor escena que se puede representar para ver el papel que tenemos cada uno cuando por cortesía, por familiaridad o porque necesitamos saber si ese o esa imbécil se ha muerto de verdad y nos es vital corroborarlo para ver si revive en el ataúd y la vuelve a liar después de haber vuelto de entre los muertos para darse cuenta de que aquello es más aburrido que un conejo en una pista de hielo sin poder moverse, por lo que decide regresar para terminar su obra, de dar por el santo culo a todo Dios, hasta que su tiempo esté caducado en vida.

¿Que soy exagerada? No os lo creéis ni vosotros. Anda que no he acudido yo a sepelios en donde me he encontrado a la flor y nata de la familia Corleone al completo, venidos desde Italia para hacer frente a tanto idiota suelto y con peligro de que te hagan una comunión, es decir, que desaparezcas del mapa y no te busque ni el tato, como no sean bien recibidos. Esa gente tiene bonos anuales a los entierros porque los sacan a primeros de enero y les cubre todo el año como festividad semanal, ya que no se saltan ni uno, que las entradas son caras y hasta para la mafia es un gasto innecesario.

Cada uno, en estos casos, representa un papel digno de las películas de cualquier director que quiera dirigir el absurdo en todo su esplendor, por lo que cada cual se esfuerza sobremanera para ganar el Oscar a la mejor interpretación, cual plañideras en la época de Franco.

Siempre está la que llora más que nadie, como si se hubiera tragado una espina de cabracho y le estuviera ahogando, esa es la protagonista principal y a la que se le hace más caso que al muerto en la caja. Sufridora donde las haya, pero sin soltar ni una lágrima porque ese día ha bebido poca agua, esta tiene cal y se le calcifica el lagrimal en el ojo porque no sale ni a tiros, pero los alaridos y quejas son tan potentes que ni el monaguillo de turno le lleva la contraria.

Por otro lado está la que te hace ver que no somos nada, que la vida es un suspiro y te agarra del brazo para decirte que no pierdas el tiempo, que después te quedas a las puertas de no haber logrado tus objetivos y que es mejor que camines antes que perder el hilo. La reconoceréis bien porque está compungida, hablando para adentro y con un dolor tan intenso en su cuerpo que lo tiene jorobado y parece el de Notre Dame para la nueva película de Disney. No será nada ella, no te digo, que una se quiere en exceso y soy más valiosa que los euros falsificados en las monedas de dos euros y aún circulan sin que nadie los haya notado. ¡Qué valor tienen en desmerecerse a una misma, leñe!

Después van los que verdaderamente sienten la pena por la pérdida del ser querido y son los que más enteros se manifiestan, porque viendo las escenas de los allí presentes o se mantienen erguidos o son los siguientes en firmar el finiquito vital porque no dan crédito a lo que están viviendo, al comprobar que la hermana del difunto, que era más mala que Caín y llevaba un lustro sin hablarse con el muerto, ha venido in extremis desde Murcia a Palencia por si se cocía algo y hay que mover cielo y tierra para no perderse el acto antes del intermedio del entremés de Cervantino. Esa es la mejor porque se la ve venir de lejos, todo el mundo se da cuenta de su aparición, como si fuera Forrest Gump en una película de Terminator y allí no pega ni con cola, por lo que deben prestar atención a cada movimiento no vaya a ser que se pierdan la trama que está a punto de protagonizar. El murmullo será tan potente en la misa que hasta el cura tendrá que carraspear para que le presten atención como si fuera Sánchez anunciando el fin de su legislatura.

Pero el mejor personaje de todos es, sin duda, el que pronuncia la típica frase cuando se le va a echar tierra y nadie dice nada no vaya a ser que el cielo se ponga negro, caiga un rayo y se los lleve por delante antes de decir lo contrario. La frasecita de marras es: “¡qué bueno era!”

Bueno, bueno, que cuando se pronuncia, aun sabiendo que el susodicho ha sido un perro en vida, que se fumaba hasta las hojas de los árboles caducos en época otoñal, dejaba las colillas encima de las mantas para ver si se incendiaba la comunidad y así cobrar del seguro y se gastaba hasta el dinero de las vecinas alegando que ya les aparcaba el coche y que el parking costaba tres euros cuando era municipal y gratuito, por lo que había conseguido no gastarse entre semana ni un chavo porque conseguía todo a base de engaño y ni Cristo dice nada y como un efecto borrego, que no la Carmen de las Campos, sino el mamífero por naturaleza, asienten como si estuviera diciendo la verdad universal, es para mear y no echar gota. Ese es el poder de los entierros, ahí lo tienen.

Y en este punto, donde estoy segura de que alguna vez lo hemos vivido, es cuando me viene a la cabeza Isabel Pantoja cuando en un vuelo coincidió con Rosa Villacastín y esta le preguntaba que qué le parecía lo de la muerte de Carmen Ordoñez, la divina. Creo que jamás he visto una mujer con tanto sentido común en mi vida y sin moverse del asiento se giró hacia ella y le preguntó: “¿a mí me preguntas eso después de todo lo que me ha hecho?” en definitiva, que no sintió más que alegría por verla en el sitio que según ella le correspondía. ¡Toma sinceridad en las folclóricas!

Creo que no hubo más que alegar, señorías, porque con esa pregunta retórica contestó con una sentencia que ni un jurado popular en el juicio contra un asesino en serie en un parque infantil.

¿Pero de qué vamos? ¿De verdad que hay que hacer santos a los que fueron demonios en vida? Mira que somos tontos y de esta no espabilamos. De verdad que es para extinguirnos bajo amenaza con el celestial de que no volvamos a la vida amén nos digan que caminaremos como monos sin evolucionar. Y yo así no vuelvo a la vida, que no me favorecen los pelos en las piernas ni el pecho.

De verdad que no tenemos desperdicio como hipócritas en activo. Y no me vengan con las mingadas de que es por educación. ¿Educación? A ver, alma cándida, educación es la que ha tenido el difunto con morirse antes de tiempo sabiendo que como viviera un segundo más ese acababa con el Fondo Monetario Internacional, la crisis institucional entre PP y PSOE y entrando como Tejero, sin toga, no me sean Rufianes, dando tiros en el Congreso alegando que tiene el poder y nadie se da cuenta de que es una arma de fogueo comprada en el chino y no suena bien.

Si lo mejor que ha podido hacer, el insensato, es morirse, por el amor de Dios que nadie lo convierta en bueno que luego la gente se lo cree y les hacen unas esquelas de escándalo, porque esa es otra.

Vamos a esta porque no tiene desperdicio. En ella aparecen los que priman como familia y como grandes sufridores por la pérdida, no vaya a ser que a alguno se le olvide su árbol genealógico y no sepamos con la ley trans quién era su hermano, que ahora es hermana y no binario, ahí es nada. Después van aquellos que son nombrados como aquel que da limosna en el patio de un orfanato y allí te encuentras a los primos, tíos y demás familia que ruegan una oración por su alma. ¿Por su alma? Ya lo que me faltaba, que encima me lo encuentre en el cielo, de eso nada, antes hago oposiciones a juez del constitucional en el infierno, que creo que me encontraría con Carrillo y qué ganas tengo de mantener una conversación comunista como Dios manda, no como estos progres que no entienden de ese tema ni una mierda aunque se la envuelvan en plata.

Pero ojo, que cosas más raras de las que he visto yo es estos panfletos recordatorios de difuntos no lo ha visto ni J.J. Benítez escribiendo ‘Caballo de Troya’ y es encontrarte que nombren familia a quien nunca se ha considerado como tal por el muerto y anulen a los tuyos porque les consideran los blasfemos de la sociedad en cuestión. Si quieren ver algo surrealista no se preocupen que les enseño la esquela de mi abuela y alucinarían a colores, yo ya no, se lo aseguro.

De verdad, por favor lo pido y ruego, no hagan buenos a los que fueron más perros que los quinquis de los años 80, de verdad que no les hacen ningún bien, por lo que no sean cínicos y cierren la boca a todos aquellos que digan esas patochadas en un entierro donde el mejor papel que ha representado en su vida es que se haya muerto. Les juro que como me vea en otra de estas lanzo la corona funeraria a los presentes como un ramo de novia para ver quién es el siguiente. Esa escena no me la pierdo ni a tiros ni a balazos.

A mi entierro no se les ocurra venir con esas tonterías porque lo he dejado todo escrito y bien atado y como vea a uno que diga que  yo era buena será expulsado por los guardaespaldas que contrataré para que les echen con viento fresco. ¡Buena, dice!, cuando soy la que ha creado el término de maldad desde que nací y orgullosa estoy de ello. A mí los títulos no me los quita ni el Papa, ¡vamos, hombre, que me los he ganado a pulso y con esfuerzos increíbles!

Y sí, he preparado mi entierro hace meses, subida en una bicicleta estática, sabiendo a quién le dejaba cada cosa y más preparado que el de Isabel II, vamos, vamos, esa a mí me hace los recados, os lo aseguro.

Hasta fuegos artificiales va a haber en el cementerio porque de esta se entera todo el mundo y alguno querrá celebrarlo.

Les espero en el cuarto pasillo, junto a la tumba de mi querido Anguita, que yo no me voy para perder el tiempo y siempre estoy con gente con la que aprendo.

Allí nos vemos, gente.

 

 

 

 

 

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