martes. 23.04.2024
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Opinión

Se terminó la gripe

Hoy soñé que asistía a la ceremonia de entrega de los premios Nobel de la ciencia y me lo concedían gracias a mi descubrimiento, el cual había servido para terminar de golpe y porrazo con el virus de la gripe: la mascarilla.

Tras multitud de infructuosos ensayos con cobayas, mandriles, peces, escarabajos e incluso algún perro, en los que, por desgracia, tuve que llegar a convertirme en una especie de refugiado clandestino para evitar que las asociaciones animalistas me detectaran e intentasen enchironarme, logré dar con la fórmula mágica que terminaría, de una vez por todas, con una de las enfermedades que hasta ese momento mataba en España entre 8.000-11.000 personas anualmente.

El método fue curioso, he de reconocer que dentro de mi letargo lo descubrí por casualidad. Resulta que un día estaba en mi laboratorio de la calle Chupámelapunta y se me ocurrió la sagaz idea de tapar la cara con papel de celulosa a Brutus, el incorregible perro Pitbull que, traicionando a su padre, se había estado cepillando incestuosamente a su madre cada vez que le inoculaba el suero de la fantasía, como así bauticé al brebaje que logré crear utilizando restos de saliva del ex-cantante de la Orquesta Putragón, trozos de cabello de Kiko Salvamoros (logré un pelo de su oreja por la colaboración de una amiga-titi de Singapur que se metió en su cama) y restos de raspaduras de las manchas del tanga de Jorge.

También, gracias a una coleguilla que trabajaba en los estudios de Mediaré y que logró infiltrarse en los camerinos del Sálvame Chimpúm y sustraérselo. El caso es que pude comprobar que todos los animales que tenía aislados en las jaulas enfermaban de gripe, a excepción de Brutus, el cual, ya sin su dosis del ya comprobado peligroso suero, no podía ver ni olfatear nada.

Viendo lo visto, a la mañana siguiente bajé a la farmacia de Chicote a comprar unas mascarillas que estaban recién cocinadas y le coloqué una a Brutus, inicialmente con la sana intención de proteger a sus virginales hermanas de sus todavía agresivos y  procreativos impulsos: su madre ya había caído y no quería que ellas siguiesen su mismo camino. 

Y el milagro se produjo. En una semana todos los animales estornudaban, tenían tos, cagalera y emitían sonidos guturales como queriéndome faltar al respeto, pero en Brutus no había ni rastro de ese fatídico virus.

Por eso decidí tomar la ingrata responsabilidad de tapar sus hocicos, encajándolo todos sumisamente excepto los peces, los que, nerviosos por tener que convivir con aquello debajo del agua, podía escucharles llamarme Gligloglugla, o algo así.

El caso es que no me costó mucho que todos aceptasen de buen grado cubrirse con extractos de prolipopileno sus bocas. Después todo fue sencillo dentro de los arduos trámites burocráticos que hubo que pasar para comunicar mi descubrimiento; únicamente tuve que trasladar mi informe a la Consejería de Sanidad para informarles; ellos mismos, después de verificarlo, se encargaron de trasladárselo al comité de expertos (no había en aquel momento, pero le crearon sobre la marcha por el bien de la humanidad) y con posterioridad a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que, en tan solo dos semanas se encargó de comunicar al mundo mi mayéutica invención, fruto, como ya he explicado, de los más inverosímiles análisis que a ningún científico se le había ocurrido pensar hasta ese momento.

Gracias a mi incuestionable trabajo, en mi sueño logré visualizar una vida diferente para todas las personas, con el mundo aparejado de mascarillas de colores que se adosaban en nuestras bocas para tapárnoslas provisionalmente y no volver a pronunciar jamás la palabra gripe.