sábado. 05.09.2026
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Opinión

Santoña, sabor marinero

Estos días, Santoña vuelve a vestirse de fiesta para honrar a su patrona, la Virgen del Puerto. 

Son días de alegría, de encuentros, de música, de tradición y de emoción. Una especie de traca final que despide el verano después de meses en los que esta villa marinera ha sido un auténtico hervidero de vida, acogiendo a miles de visitantes atraídos por sus paisajes, su gastronomía, su historia y, sobre todo, por ese carácter marinero que forma parte inseparable de su identidad.

Porque Santoña no es sólo un lugar al que se llega: Santoña se siente. Los santoñeses llevan en la memoria y en el corazón el legado de sus antepasados, hombres y mujeres que durante siglos hicieron de esta bahía su hogar y defendieron su forma de vida frente a «tirios y troyanos». Una historia que se remonta casi mil años, cuando, alrededor de la restauración del monasterio de Santa María del Puerto, comenzó a consolidarse un núcleo de población que con el paso del tiempo se convertiría en una de las villas más singulares de Cantabria.

La historia de Santoña está íntimamente ligada al mar. En torno a él nació, creció y prosperó la villa. La pesca, la navegación, el comercio y la industria conservera fueron durante generaciones el sustento de muchas familias y dejaron una profunda huella en su carácter.

En 1579, Felipe II concedió a Santoña el título de villa real, con el nombre de Puerto de Santoña, reconociendo así la importancia que ya tenía este enclave estratégico.

Pero si hay algo que distingue a Santoña de otros lugares de la costa es que el desarrollo turístico no ha conseguido apagar su alma. Mientras muchas localidades costeras fueron transformándose en ciudades de veraneo, Santoña conservó algo esencial: seguir siendo una villa viva durante todo el año, con sus calles, sus comercios, sus bares, sus pescadores, sus industrias y sus gentes.

Y si hablamos de Santoña, inevitablemente tenemos que hablar de la anchoa. A finales del siglo XIX, conserveros procedentes de Italia llegaron a la villa y trajeron consigo una nueva técnica para el fileteado y conservación de la anchoa en aceite. Aquella innovación transformó la economía local y convirtió a Santoña en uno de los grandes referentes mundiales de este producto. La anchoa pasó a formar parte de la identidad de la villa y de una cultura gastronómica que hoy traspasa nuestras fronteras.

Pero Santoña no vive solamente de su historia y de su gastronomía. Vive también de sus sentimientos. La devoción a la Virgen del Puerto hunde sus raíces en siglos de tradición. Los pescadores se encomendaban a ella antes de adentrarse en un Cantábrico tantas veces hermoso como imprevisible. Para quienes vivían del mar, regresar a puerto no era nunca una certeza. Por eso la Virgen se convirtió en refugio, esperanza y compañía.

Y esa relación entre la patrona y el mar alcanza su momento más emocionante durante la Procesión Marítima. La imagen de la Virgen es embarcada en una nave engalanada con flores y banderas y acompañada por numerosos barcos que recorren la bahía entre sirenas, cánticos, aplausos y emoción.

Es mucho más que una procesión. Es un homenaje a quienes hicieron del mar su vida, a quienes regresaron cada día a puerto y también a quienes un día salieron al Cantábrico y nunca volvieron.

Durante estos días, Santoña se llena de regatas, conciertos, verbenas, actividades infantiles, pasacalles, concursos gastronómicos y todo tipo de festejos. Pero hay tres citas que resumen especialmente bien el espíritu de estas fiestas: la Procesión Marítima, la Gran Marmitada y los tradicionales festejos taurinos.

Y quizá ahí esté la verdadera grandeza de Santoña: en haber sabido conservar sus tradiciones sin dejar de mirar hacia el futuro. Porque durante la primera quincena de septiembre, Santoña no solo celebra sus fiestas. Santoña celebra lo que es y lo que ha sido. Celebra a sus mayores, a sus pescadores, a sus familias, a quienes se fueron y a quienes permanecieron. Celebra su mar, su Virgen, su gastronomía y una forma de entender la vida que ha pasado de generación en generación.

Y en estos días, incluso quienes llegamos de fuera sentimos que también somos un poco santoñeses. Porque hay lugares que se visitan y lugares que dejan huella. Santoña pertenece a estos últimos.

Y no podemos terminar de hablar de Santoña sin recordar a uno de sus hijos más universales: Juan de la Cosa, marino, navegante y cartógrafo, nacido en esta villa y compañero de Cristóbal Colón en sus viajes al Nuevo Mundo. Su nombre está unido para siempre a una de las grandes aventuras de la historia de la humanidad y al primer mapa conocido en el que aparece representado el continente americano.

Por eso Santoña no es solamente una hermosa villa marinera de Cantabria. Es parte de la historia de España y de la historia universal. Desde esta bahía, mirando al mismo mar que durante siglos contemplaron sus marineros, resulta imposible no sentir orgullo por una tierra que dio hombres capaces de adentrarse en lo desconocido y contribuir a cambiar para siempre la visión que el mundo tenía de sí mismo.

Santoña es mar, memoria, tradición y futuro. Santoña es sabor marinero. Pero, sobre todo, Santoña es historia viva de Cantabria y de España.