domingo. 23.08.2026
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CRÍTICA

John Eliot Gardiner lleva el éxtasis y la excelencia musical al FIS

El Palacio de Festivales de Cantabria acogió el conciertoThe Constellation Coir & Orchestra con un programa deJohannes Brahms y Félix Mendelssohn

The Constellation Coir & Orchestra. Pedro Puente
John Eliot Gardiner lleva el éxtasis y la excelencia musical al FIS

FICHA TÉCNICA

-Festival Internacional de Santander. The Constellation Coir & Orchestra. Hilary Cronin, soprano. Sam Cobb, soprano. Jonathan Hanley, tenor. Programa: Johannes Brahms: Canción del Destino, op. 54. Félix Mendelssohn: Sinfonía n° 2, op. 52 ‘Lobgesang’. Director: John Eliot Gardiner. Palacio de Festivales, Sala Argenta, viernes, día 21 de agosto de 2026.  

En el mundo de la música hay veladas buenas, mediocres o muy buenas, pero la excelencia sólo queda reservada para muy contadas ocasiones donde se produce la sensación de que algo excepcional has sentido, se agarra a tu memoria y no te suelta. Pues esas raras sensaciones nos han surgido tras escuchar las increíbles versiones con Brahms y Mendelssohn que Sir John Eliot Gardiner nos ha ofrecido en su regreso al Festival Internacional de Santander, de la mano de sus nuevos conjuntos The Constellation Coir & Orchestra.

Después del incidente surgido entre Gardiner y unos músicos de su antigua orquesta, el maestro decidió tomarse un tiempo de reposo y meditación, hasta que, en 2024, con renovadas energías se unió a la organización ‘Springhead Constellation’, donde se relaciona la música y el arte con el pensamiento, la historia y la naturaleza. Y así fue como fundó una nueva orquesta y coro con músicos seleccionados por él mismo, The Constellation Coir and Orchestra. Y si a alguien le quedaba alguna duda de su capacidad para emocionar, habrán quedado disipadas desde las primeras notas del programa elegido.

El programa estaba pesando con toda la intención, juntando a Brahms con Mendelssohn con obras que hablan del destino, la revelación y la alabanza. Así, en la ‘Canción del destino op. 54’ de Brahms (Schicksalslied), Gardiner consigue una pureza en las líneas melódicas que hace que las voces del coro no pesen, suenen casi etéreas desde el inicio. La transparencia sonora entre la orquesta y el coro consigue transmitir todo el mensaje del poema de Friedrich Hölderlin en que se basa el texto.  El Adagio final sonó en sus manos con una delicadeza extraordinaria.

El director John Eliot Gardiner.
El director John Eliot Gardiner. Pedro Puente

Sin pausa, nos adentra en la gran obra del concierto, la ‘Sinfonía n° 2, op. 52 Lobgesang’, de Felix Mendelssohn. Es un canto de alabanza donde hay muchas similitudes con la música de Bach, y esto Gardiner lo aprovecha. Desde el espectacular inicio con los trombones, espléndidos, dando las pautas, la precisión sonora, los ritmos perfectamente articulados y las dinámicas marcadas de forma clara, nos dieron muestras de la espiritualidad más exquisita.

La entrada del coro en ‘Alles, was Odem hat, lobe den Herrn’ (Todo lo que respira, alabe al Señor), fue fulgurante, con una belleza vocal de sus 34 componentes que se iría repitiendo a lo largo de la obra. Las tres voces solistas parecían angelicales, adaptadas al texto aportando luminosidad y hasta solemnidad. Espléndidas las sopranos Hilary Cronin y Sam Cobb, junto al tenor Jonathan Hanley. Cuánta belleza en el dúo de las dos sopranos, ‘Ich harrete des Herrn’.

En la parte final, el clímax sonoro fue inevitable. La orquesta seguía dando un sonido increíble, compacto, precioso, donde las cuerdas (¡qué sonidos tan limpios!) llevaban la iniciativa, y el viento y los metales (espléndidas las trompas), completaban un conjunto admirable. Gardiner consigue graduar las escalas dinámicas hasta llegar al último momento coral que se tradujo en una apoteosis magistral.

Si esta orquesta es de lo mejorcito que hemos podido escuchar últimamente, el coro ha sido una demostración de voces perfectamente seleccionadas para un repertorio poco escuchado, pero de una belleza espiritual asombrosa. Qué clarividencia en el canto al diferenciar la oscuridad de la luz, algo fundamental en esta obra, ‘La noche ha pasado, pero el día ha llegado’. Qué belleza la escena de la voz de la soprano desde fuera del escenario alabando la luz del día que llega. Sencillamente maravilloso.

Estando aún absortos por una ejecución ejemplar, todavía Gardiner nos dio otra muestra de su maestría con un regalito que nos hizo atarnos a la butaca, una versión con arreglos suyos para orquesta y coro del ‘Geistliches Lied, op. 30’ de Brahms, de una espiritualidad en el canto y los sonidos de la orquesta que funcionó como un final en pianísimo de todo el concierto.

John Eliot Gardiner no necesitaba hacer grandes gestos en la dirección, solo los movimientos mínimos en sus manos y la inclinación necesaria para que ambos conjuntos le siguieran casi a ciegas. Solo los más grandes maestros lo consiguen, y este es uno de los pocos.

La emoción invadió la Sala Argenta y el público salió como de un momento de éxtasis musical y espiritual pocas veces vividos. A esto nos referimos cuando hablamos de excelencia musical y, desde luego, este concierto lo ha conseguido en esta 75 edición del FIS.