lunes. 20.04.2026
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Opinión

Declaración de BIC para el monumento a Carrero Blanco en Santoña

Pedro Linares García es licenciado en Bellas Artes y presidente de la Asociación en Defensa del Patrimonio de Santoña, y en su artículo del 9 de febrero expuse el valor simbólico, tanto explícito como implícito, del monumento que Ávalos realizó en Santoña para recordar a Carrero Blanco en su localidad natal.

Declaración de BIC para el monumento a Carrero Blanco en Santoña

Sin embargo, todo indica que aquel esfuerzo no será suficiente para disipar la amenaza que hoy pesa sobre este conjunto artístico. La aplicación de la Ley de Memoria Democrática podría, según su interpretación, desembocar incluso en su desmantelamiento o derribo, apoyándose en planteamientos que, desde una perspectiva artística, resultan difíciles de compartir.

Recordaba entonces que el ideario del monumento de Ávalos puede entenderse como una elegía a una víctima de la violencia política, encarnada en el almirante santoñés Luis Carrero Blanco. Su figura histórica es indiscutiblemente compleja: estrecho colaborador de Franco y último presidente del Gobierno franquista, fue asesinado en 1973 por la banda terrorista ETA, junto a su chófer y su escolta. Este hecho, más allá de cualquier interpretación ideológica, lo sitúa también en la categoría de víctima de la violencia.

Afirmar de manera categórica, como hacen algunos sectores, que el monumento constituye únicamente una glorificación del franquismo supone, a mi juicio, una simplificación excesiva que sitúa la obra en el centro de la controversia y compromete su conservación. Esta lectura unívoca se agrava aún más cuando se niega la condición de víctima del terrorismo a Carrero Blanco, como si la memoria pudiera fragmentarse según conveniencias.

Conviene recordar que los símbolos no son estáticos, sino que evolucionan con el tiempo y el contexto. Su significado se transforma a través de la interpretación y la inferencia, permitiendo que cada generación proyecte nuevas lecturas sobre ellos. Así lo han señalado diversos estudios en el ámbito de la antropología y la interpretación cultural. Gracias a esta capacidad de resignificación, hoy podemos contemplar obras nacidas en contextos históricos complejos desde perspectivas más amplias, valorándolas más allá de las circunstancias que motivaron su creación.

Por ello, resulta imprescindible abordar este tipo de monumentos desde sus múltiples niveles de significado, con rigor y sin prejuicios. El símbolo, por su propia naturaleza, es polisémico: admite interpretaciones diversas, incluso contrapuestas, y precisamente en esa pluralidad reside su riqueza. Ignorar esta complejidad conduce a posiciones rígidas y reduccionistas, alejadas tanto del espíritu abierto del arte como del ideal democrático de convivencia y diálogo.

En este sentido, el arte se nutre del pensamiento divergente y rara vez se limita a una única lectura. Cuando lo hace, corre el riesgo de convertirse en propaganda. La obra de Ávalos, sin embargo, se inscribe en una tradición artística de raíz clásica, vinculada a un lenguaje que trasciende coyunturas políticas concretas. Su valor no radica únicamente en el contexto en que fue concebida, sino también en su capacidad para dialogar con el presente desde un legado cultural más amplio.

El valor de este monumento, como el de tantos otros, reside precisamente en su capacidad para albergar significados múltiples. Más allá de su origen, puede ser entendido como un espacio de memoria y reflexión colectiva. No se trata solo de una figura histórica concreta, sino también de una evocación de las consecuencias de la violencia política y de la necesidad de preservar la convivencia. Desde esta perspectiva, la obra puede contribuir a una lectura integradora del pasado, evitando que se impongan visiones parciales o interesadas.

Es fundamental impedir que quienes justifican la violencia como herramienta política reescriban el pasado a su conveniencia. La memoria colectiva no puede construirse sobre el olvido selectivo ni sobre la simplificación. Debe, por el contrario, asumir su complejidad y fomentar una reflexión crítica que fortalezca la convivencia.

Por este motivo, considero que las instituciones competentes, el Ministerio de Cultura, la Consejería de Cultura de Cantabria y el Ayuntamiento de Santoña, deberían impulsar los mecanismos necesarios para declarar el monumento Bien de Interés Local. Esta figura permitiría garantizar su protección y reconocer su valor como parte del patrimonio cultural e histórico de la localidad. Adoptar posturas intransigentes que conduzcan a su desaparición sería, sin duda, un error difícilmente justificable.

Asimismo, quisiera hacer un llamamiento a la sociedad cántabra para que respalde la protección del patrimonio artístico, promoviendo su valoración desde una perspectiva amplia e integradora. El arte no debería convertirse en un campo de batalla ideológico, sino en un espacio de encuentro que favorezca el diálogo y la comprensión mutua.

Preservar nuestro patrimonio no es solo conservar objetos o monumentos: es mantener viva nuestra capacidad de interpretar el pasado, de aprender de él y de reconocernos como sociedad en toda nuestra complejidad.