Maduro, Maduro

Cuando la voluntad popular se convierte en rehén del poder, la democracia muere lentamente.

En Venezuela, las urnas hablaron, pero las armas callaron su voz. Cuando uno pierde unas elecciones, lo normal, lo democrático, es dejar paso a quienes las han ganado. En Venezuela, la oposición presentó actas, pruebas y testigos. Gusten o no, son la única evidencia de un resultado legítimo. Del otro lado, sólo silencio, manipulación y un pucherazo cuidadosamente maquillado con el lenguaje de la “revolución”.

Pero, como ocurre en tantas partes del mundo, en Ucrania, en Gaza, quien tiene las armas tiene el poder. En Caracas, el monopolio de la fuerza lo detentan Maduro y sus seguidores. El ejército, la policía política y las milicias responden al mismo patrón: preservar el poder a toda costa, mientras la democracia se convierte en un decorado hueco, una escenografía para los noticieros oficiales.

Y, por supuesto, aparece el ‘Tío Sam’, esa eterna figura del poder norteamericano que desde hace más de un siglo decide qué gobiernos son válidos y cuáles deben caer. Donald Trump, heredero de esa arrogancia imperial, sigue creyendo que el continente americano es su cortijo particular. Con la bandera de la libertad en la mano y el petróleo en la mira, se arroga el derecho de imponer por la fuerza lo que no consigue por diplomacia.

Maduro, por su parte, parece sacado de una novela de Gabriel García Márquez. Es el patriarca que envejece entre el humo de los palacios, rodeado de fieles y aduladores, convencido de que él y la patria son una misma cosa. Apoyado por Rusia, Cuba y, en menor medida, China, ha convertido lo que fue una de las democracias más sólidas de América Latina en un país roto por la pobreza, la censura y el exilio.

Los síntomas del autoritarismo son universales: control de los medios, persecución del disidente, miedo, hambre, y un enemigo inventado para justificar cada atropello. Cierto es que entre Maduro y Hitler hay un largo trecho, pero el desprecio por la libertad, el ansia de perpetuarse y la negación del otro son los rasgos eternos de toda tiranía.

La realidad venezolana duele y avergüenza: según Naciones Unidas, más de 7,7 millones de venezolanos han abandonado su país en los últimos años, protagonizando el mayor éxodo de la historia reciente del continente. El 81% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, y uno de cada tres venezolanos padece inseguridad alimentaria. Las calles están vacías, los hospitales sin medicinas, las escuelas sin maestros, los hogares sin hijos. Los que se quedan sobreviven gracias a las remesas de los que se fueron.

Mientras tanto, el ‘Tío Sam’ mueve sus piezas y calcula sus intereses, y el pueblo queda atrapado entre dos males: un dictador que dice amarlo y un salvador que solo lo usa como excusa. Y allí, bajo un sol inmenso y una riqueza que brota como burla desde las entrañas de su tierra, Venezuela se desangra lentamente, con su gente al borde del abismo y sus sueños en la maleta.

Pero quizás algún día, cuando el miedo ceda, cuando la mentira se agote, cuando la historia vuelva a abrir las ventanas, los venezolanos puedan vivir libres, sin tanta pobreza, sin tanta huida, sin tanto dolor.

Quizás algún día puedan volver a su tierra sin mirar atrás, y decir con voz firme y mirada limpia: “Venezuela vuelve a ser nuestra".