El supremo arte de Grigory Sokolov no es apto para todos los públicos
El Palacio de Festivales de Cantabria acogió el concierto con obras de Ludwig van Beethoven y Franz Shubert
FICHA TÉCNICA
Festival Internacional de Santander. Grigory Sokolov, piano. Obras de: Ludwig van Beethoven: Sonata para piano, n° 4, Op. 7. Bagatelas, op. 126. Franz Shubert: Sonata para piano n° 21, D. 960. Palacio de Festivales de Cantabria, Sala Argenta. Martes 11 de agosto de 2026.
Cuando decides asistir a un recital de Grigory Sokolov sabes que el pianista ruso-español no es un músico de marketing, de redes sociales, de sometimiento a la imagen, ni siquiera de entrevistas. Siempre ha actuado igual: puro academicismo, concentración absoluta y sin concesiones a la galería ni distracciones fuera del programa que quiere interpretar.
Y hoy día, a sus 76 primaveras, lo sigue manteniendo, como ha vuelto a demostrar en su recital en el Festival Internacional de Santander (FIS). Sokolov tiene una relación particularmente buena con el FIS, esta ha sido la quinta ocasión que hemos podido disfrutar de su maestría, pero hay que recordar su actuación en 2023, porque Santander quedó vinculado a una grabación oficial de Deutsche Grammophon, con un programa dedicado a Henry Purcell y a Mozart.
Para esta ocasión, ha escogido a dos de sus autores fetiches, Beethoven y Shubert. Y empieza la maestría, la pureza cristalina del sonido del piano, el dominio absoluto de las melodías que imponen el silencio en una Sala Argenta prácticamente llena. Hay que reconocer que no es fácil conseguir concentrar a casi 1.600 personas con unas obras maestras que piden una escucha y deleite permanente.
De Beethoven escogió su Sonata n° 4, op 7, compuesta en 1796, se la denomina también como “Gran sonata” por su duración. Y empezó la lección de Sokolov desde el Allegro inicial, con cambios dinámicos y marcados contrastes que daban paso al movimiento más hermoso y revelador de la sonata, el Largo con gran espressione, de un lirismo y riqueza armónica subyugantes. La sensibilidad marcada por Sokolov nos hizo reclinarnos sobre la butaca en un silencio pocas veces conseguido.
El Allegro, juguetón y rítmico, daba a Sokolov la oportunidad de jugar con los acentos y los cambios de dinámicas. Esas pulsaciones de emisión justa, con el uso del pedal apropiado para llegar a la sonoridad precisa, conseguía que la melodía fluyera límpida, dando paso al Rondó final, ligero y elegante. Las precisas articulaciones y los contrastes en el registro daban muestra de un dominio absoluto sobre toda la obra.
Y sin pararse, como si fuera un solo ‘corpus’, dio continuidad con las seis Bagatelas op. 126. Parecía querer demostrar que, a pesar de la distancia en las épocas de composición entre la Sonata 4 y estas Bagatelas, el estilo y estructura del genio de Bonn seguía presente.
Son obras breves, de gran belleza melódica que permite a Sokolov recrearse en los silencios y en las delicadas modulaciones. La cuarta, Presto, cambia de ritmo por su enorme velocidad, que atrapa al oyente. Un ritmo frenético da paso a un final de serenidad contemplativa, donde el maestro deja morir el sonido de la forma más bella y sugestiva.
Para la segunda parte, nos deleitó con la Sonata para piano, D. 960 de Franz Shubert, compuesta en 1828, dos meses antes de su muerte. Sokolov, con su concentración inamovible, ataca el Molto moderato con esos trinos del registro grave que suenan como surgidos de la nada. Su habilidad sonora es increíble, con modulaciones y contrastes de enorme intensidad.
Y llega el Andante sostenuto de enorme belleza, con una melodía que parece triste, de la mayor sensibilidad. El cruce de la mano izquierda dando el acompañamiento a la melodía de la mano derecha, fue ejemplar, difícil de olvidar. Hasta que deja caer la última nota, casi muriendo, en una tensión sonora digna solo de los más grandes. Tanto el Scherzo como el Allegro final, fue una conclusión brillante de una verdadera lección magistral.
Era el final del programa oficial. Después de casi dos horas de escucha, algunos espectadores decidieron en desbandada abandonar la sala, tal vez agotados de la tensión, o tal vez con prisas para ir a cenar. Y se perdieron las ya famosas propinas a los que Grigory Sokolov nos tiene acostumbrados. En esta ocasión fueron seis regalos al cual más brillante: las Baladas 1 y 3 de Brahms y su Rapsodia n° 2, siguiendo con Chopin, su Mazurka n° 2 y su Preludio n° 20, para terminar con Scriabin y su Preludio n° 4.
Al final, quedamos en la Sala los que realmente habíamos experimentado otra emotiva lección pianística, de un recital profundo, académico y emocionante. Después de casi tres horas, que se dice pronto, el maestro mantenía la frescura del inicio y nosotros, aún extasiados, salimos al exterior para volver a la realidad de la noche veraniega santanderina.