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CRÍTICA

La magia de Daniel Harding y Daniil Trifonov con la Mahler Chamber Orchestra en el FIS

El Palacio de Festivales de Cantabria acogió el concierto con obras de Johannes Brahms y Antonín Dvorák

Mahler Chamber Orchestra.
Mahler Chamber Orchestra.
La magia de Daniel Harding y Daniil Trifonov con la Mahler Chamber Orchestra en el FIS

FICHA TÉCNICA:

-Festival Internacional de Santander. Mahler Chamber Orchestra. Obras de: Johannes Brahms: Concierto para piano n° 1, op. 15. Antonín Dvorák: Sinfonía n° 8, op. 88. Daniil Trifonov, piano. Director: Daniel Harding. Palacio de Festivales de Cantabria, Sala Argenta. Viernes, día 7 de agosto de 2026.

La expectación creada ante la primera visita de la Mahler Chamber Orchestra al Festival Internacional de Santander, se demostró con la Sala Argenta del Palacio de Festivales, otra vez, totalmente abarrotaba de un público ansioso de escuchar a una de las agrupaciones musicales punteras de Europa.

Si además viene dirigida por su director Laureado Daniel Harding, que ya estuvo en Santander dirigiendo en 2023 a la Chamber Orchestra of Europe, y con un titánico del piano como Daniil Trifonov, el cóctel estaba bien servido.

Abrir el programa con el concierto para piano número 1, op. 15 de Brahms, fue toda una declaración de intenciones. Estrenada por un joven Brahms en 1859, es el reflejo de su situación personal, algo deprimido tras el fallecimiento de su mentor Robert Shumann. La versión que nos ofrece Daniel Harding no es de la ampulosidad que se espera de Brahms, sino una versión más íntima donde consigue equilibrar su concepción sinfónica con la escritura pianística de enorme dificultad.

El director
El director Daniel Harding..

Harding dispuso a la orquesta más adelantada de lo habitual, hasta casi el límite del escenario (de hecho, no se quitaron las barreras de seguridad frente al foso), consiguiendo que ese sonido más íntimo llegara al último rincón de la Sala Argenta. Esa sensación casi camerística, alejada de las versiones de las grandes orquestas, se nota desde el inicio con el Maestoso, la sonoridad de la orquesta era pura musicalidad compacta, de increíble afinación, con unas entradas de las trompas y cuerdas de pura perfección técnica.

Pudo extrañar esa primera percepción sonora hasta la bellísima entrada del piano, con un Trifonov entregado, casi etéreo, sin aspavientos ni gestos de cara a la galería, solo mirada al piano. El sonido aterciopelado que consiguen sus pulsaciones al teclado, son pura excelencia por limpieza y musicalidad.

Los arpegios, dobles notas y cruces rápidos, se sucedían sobre una partitura de especial complejidad. El Adagio sonó como Brahms quería, con esa melodía íntima, casi mística, de una enorme belleza que inundaba la sala de un silencio pocas veces conseguido (salvo alguna tos inoportuna).

El Rondo final fue toda una lección de concertación entre solista y orquesta, con una claridad sonora en todos los planos y dinámicas envolventes, hasta llegar a esos tremendos acordes finales, sencillamente magistrales.

Trifonov es un maestro del piano meticuloso, muy serio, solo concentrado en la perfecta ejecución de la obra, sin aspavientos ni poses. El discreto uso del pedal consigue la justa sonoridad, con notas casi imperceptibles, de máxima tensión. Ante las ovaciones recibidas, nos deleitó con dos propinas (lo que da idea del enorme éxito conseguido): el ‘Vals de Santo Domingo’, del compositor dominicano Rafael ‘Ballumba’ Landestoy, y Tango del propio Daniil Trifonov. Arrebatador.

Monumento sinfónico

Para la segunda parte se ofreció otro monumento sinfónico que pocas veces se consigue escuchar con la perfección de la MCO, la Sinfonía número 8, op. 88, de Antonín Dvorák. Daniel Harding siguió en su estilo elegante, sereno y de gesto absolutamente claro. Su mano izquierda parece envolver los sonidos de los violines, que siguen de forma calculada a los cellos y el viento metal hasta resultar ese sonido casi aterciopelado de una musicalidad extrema.

Tanto el Allegro como el hermoso Adagio sonaron luminosos, de pura melodía. El ambiente oscuro del inicio nos traslada a los momentos pastorales de los tiempos lentos del Adagio. Harding consigue esa traslación de forma envolvente, con las trompas y los violonchelos en estado de gracia.

De las melodías de danzas eslavas, casi a ritmo de vals del Allegretto, se pasa sin pausa a la fanfarria de trompetas del complejo Allegro final, jubiloso, brillante, resuelto de forma excepcional. Ver a Harding “arropar” a sus músicos en ese final espléndido, otra vez esa prodigiosa mano izquierda, con una templanza y serenidad embriagadoras, es toda una lección magistral y un placer para el oído y la vista.

La orquesta es formidable en su sonido compacto, no hay estridencias. La belleza de las cuerdas acompasadas con el viento metal y la percusión, consigue un ambiente de especial atención sonora. La complicidad entre los jóvenes músicos de la orquesta con los más experimentados, es uno de los méritos conseguidos por Daniel Harding.

Con buen criterio, y a pesar de los enormes aplausos y ovaciones, no se otorgó ninguna propina. La magia sonora conseguida quedaba intacta.