Un enérgico Riccardo Chailly al frente de la Filarmonica della Scala en el FIS
El Palacio de Festivales de Cantabria acogió un concierto con obras de Serguéi Rajmáninov, Piotr Ilich Chaikovski y Riccardo Chailly
FICHA TÉCNICA:
-Festival Internacional de Santander. Orquesta Filarmónica della Scala. Alexander Malofeev, piano. Obras: Serguéi Rajmáninov: ‘Utyios’ (La roca), Fantasía para orquesta, op. 7. Concierto para piano n° 4, op. 40. Sinfonía n° 4, op. 36. Director: Riccardo Chailly. Palacio de Festivales, Sala Argenta, viernes, día 28 de agosto de 2026.
Siempre es un aliciente poder volver a escuchar a una orquesta del nivel de la Filarmónica della Scala de Milan con su director titular Riccardo Chailly. Hace dos años celebrábamos su retorno al Festival Internacional de Santander con un concierto extraordinario que dejó huella con una interpretación memorable de la Quinta Sinfonía de Chaikovski. Esta vez han vuelto a Santander orquesta y director con un programa enteramente ruso, Rajmáninov y Chaikovski, pero los resultados nos han dejado una sensación incómoda, y no para bien.
Digamos de primera mano, y sin dudarlo, que la Filarmónica milanesa es una de las grandes agrupaciones europeas que posee un nivel musical y artístico apabullante. No es sólo una magnífica orquesta de foso, es toda una agrupación sinfónica que abarca con solidez los repertorios más variados.
Chailly diseñó un programa con un tema recurrente, el destino. Empezó con una obra breve, ‘Utyos’, ‘La Roca’, un poema sinfónico escrito por un joven Rajmáninov que recrea un ambiente oscuro, de noche, con el sonido de las cuerdas graves (espléndidos los ocho contrabajos). La melodía evoluciona hacia armonías más apasionadas hasta llegar a un sonido más lírico en un clímax melódico al final en que la energía orquestal se va retirando.
En esta primera obra ya notamos a un Riccardo Chailly más enérgico de lo habitual y lo comprobamos con el Concierto para piano n°4 de Rajmáninov y el joven pianista ruso Alexander Malofeev de solista. A sus 25 años algunos ya le consideran un “pianista prodigio” poseedor de una técnica muy sólida y una pasión evidente en sus intervenciones. Este concierto n° 4 para piano es de una estructura más moderna y apasionada que el Segundo y el Tercero. Ya en el inicio con el ‘Allegro vivace’, la entrada del piano es casi inmediata, con ataques incisivos y grandes saltos.
Pero enseguida notamos que la opulencia orquestal que Chailly imponía desde las trompas y el viento metal, hacía perder sonoridad al piano. Director y solista se miraban con buena compenetración y aún así, solo conseguíamos apreciar al piano en los momentos más íntimos y líricos. Así, en el Largo del segundo movimiento, la orquesta dejaba respirar al pianista con una sonoridad más cálida y más profunda donde la melodía era reconocible. Aun así, Melofeev tiende a exagerar el gesto, con pulsaciones que pasan de lo casi inapreciable a lo exageradamente sonoras.
Y esa opulencia sonora de la orquesta ya fue demasiado evidente en el Allegro vivace final. El pianista tiene los momentos más virtuosos de la obra, con saltos de octavas, arpegios y movimientos velocísimos. Es cierto que Malofeev domina la obra con una técnica apasionada, pero esa fuerza le hace perder sentimientos líricos, sonidos más cálidos.
La tensión musical del final fue en exceso sonora sin poder apreciar como se debería a todo el conjunto en sus diferentes secciones. Alexander Malofeev nos regaló de propina el hermoso ‘Pas de deux’ del ballet ‘El cascanueces’, donde se volvió a evidenciar lo mismo, mucho virtuosismo, pero poco refinamiento. Es un pianista de gran talento al que le queda un camino interesante para madurar sus intervenciones.
Podríamos decir que la orquesta estuvo más atinada en la segunda parte, con la Cuarta sinfonía de Chaikovski. Riccardo Chailly es un enorme conocedor del estilo ruso y el tema de el destino ya se nota en la espectacular entrada de los metales en el Andante sostenuto, donde las cuerdas tuvieron, por fin, su espacio sonoro que pudieron lucir. Esto se dejó notar en el Andantino y, sobre todo, en el hermoso tercer movimiento Scherzo, Pizzicato ostinato, con unos contrabajos espléndidos y chelos y violines acompasando la melodía de forma sincronizada y ligera.
Pero llegamos al clímax final, con el Allegro con fuoco y la fuerza sonora volvió a imperar de la mano del Chailly más enérgico. Toda la orquesta a pleno rendimiento, pero el impulso de trompetas, trompas y percusión, obligaban a la cuerda a un esfuerzo máximo para dejarse notar con sus pasajes de especial dificultad. Todo bien armonizado y concertado, con el final preciso, pero con una opulencia que nos impedía apreciar las melodías descritas con mayor claridad.
Ante tal explosión sonora, los aplausos del público que volvía a llenar la Sala Argenta, no se hicieron de rogar, a lo que Chailly respondió regalando el Allegro de la “Danza de los hombres” de Rajmáninov. Y la sensación anterior se volvió a repetir.
Fue un buen concierto, sin duda, pero nos ha quedado un sabor agridulce nada comparable con su prestación de hace dos años. Estas cosas pasan, y en música más aún.