CRÍTICA

‘Lo fingido verdadero’, confuso juego entre comedia y realidad

Representación teatral de la obra 'Lo fingido verdadero'.

El Palacio de Festivales acogió la representación de la obra de Lope de Vega a cargo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico

Siempre es de agradecer que las compañías nacionales actúen en el escenario del Palacio de Festivales, como ha ocurrido ahora con la Compañía Nacional de Teatro Clásico donde Lluís Homar se ha atrevido a rescatar una de las obras de Lope de Vega menos representada, ‘Lo fingido verdadero’. Y la pregunta que nos hacemos es siempre la misma, ¿merece la pena?

Parece ser que Lope escribió ‘Lo fingido verdadero’ en 1608, una comedia en tres jornadas de las llamadas ‘comedias de santos’. Ambientada en la antigua Roma, la historia gira en torno a Ginés, un autor y cómico en tiempos del emperador Diocleciano que terminará convirtiéndose al cristianismo, por lo que morirá martirizado. Será proclamado santo y patrón de los actores.

Las dos primeras jornadas, o actos, narran las disputas por el poder en Roma con el asesinato de varios emperadores y revueltas sociales, hasta que Diocleciano llega al poder, algo que ni él mismo deseaba.

Será un periodo de cierta paz centrado en la defensa de la sociedad y la cultura del teatro y las artes. Pedirá a Ginés que le escriba una nueva obra, pero su argumento mezclará la ficción con su propia realidad. Es lo que la técnica literaria define como ‘metateatro’, o como lo llaman los franceses ‘mise en abîme’, o sea, el teatro dentro del teatro.

A pesar de ser una de las obras menos representadas de Lope, ha querido Lluís Homar rescatarla en una versión de escena actual pero desconcertante. Escuchar los versos escritos en el Siglo de Oro con vestuario y ambientación del s. XXI chirría bastante.

La propia estructura argumental de la obra dificulta la posibilidad de su traslado temporal. La intención del director es meritoria y el trabajo por hacerlo se le reconoce, pero el resultado para el público es monótono, la trama se hace cansina por falta de ligereza escénica, un único elemento decorativo con los actores entrando y saliendo a su alrededor. Entre el ingente corpus literario de Lope, este “fingido” no ha sido de lo más deseable para directores y actores.

El reparto de los quince personajes es solvente, destacando a Arturo Querejeta, estupendo ‘Diocleciano’, y a Israel Elejalde como ‘Ginés’, de buen timbre y vocalización aunque sus finales de frases se hacen inaudibles por lo que sus monólogos se quedaban a medio gas. Bien María Besant como 'Camila0' y Silvia Acosta en sus tres personajes ‘Rosarda’, ‘Pinabelo’ y ‘Fabio’. Correctos el resto.

No llega a convencer ni la escenografía de José Novoa ni el diseño de iluminación de Juan Gómez Cornejo, al igual que el pobre vestuario de Pier Paolo Álvaro, poco original ni destacable. Lluís Homar hace un buen trabajo en la dirección de actores haciendo que se intercalen con el público de la sala, reforzando así la idea del relato dentro del relato. Bien diseñada la escena final con la muerte de Ginés y su ascensión a los cielos.

Es una versión que no sorprende ni emociona, algo plana (más de dos horas y cuarto sin pausa) y los versos del gran Lope pasan en muchos momentos casi desapercibidos.  

Tampoco ayudó el muy deficiente sistema de megafonía de la Sala Argenta, sonidos enlatados, algunas interferencias con los micrófonos, variaciones de volumen cada vez que los actores se movían y dificultando la escucha del público.

Recuerda a esos sonidos de radios antiguas cuando sonaban las radios novelas que escuchaban nuestras abuelas en modo mono, sin estéreo, por supuesto. Está pidiendo a gritos un urgente cambio de sistema de sonido que sea digno de un teatro público.